Emprendimos el viaje con Marcos, mi amigo, mi compañero, mi amor. Nos alejamos de su Rosario querida y nos despidió el calor despuntando apenas las 6 de la mañana. También nos despidió Mauro desde la puerta de casa con sus deliciosas facciones recostadas en el umbral de la puerta, como soñando compartir la aventura. Ojalá podamos cumplir esa promesa silenciosa pronto.
Nos recibió Concepción de Uruguay y – en medio de las expectativas – el sofocón nos catapultó directo al agua en las gloriosas orillas de Banco Pelay, rodeados de vastas playas.
Una primera noche complicada, más por la ociosa comodidad que arrastramos como bagaje de la vida en la ciudad. Una cerveza al anochecer, de cara al río, ante la imponente y rojiza luna, nos bastó para alivianar las penas y alentar el viaje.
Casi como una señal divina vientos del norte nos dieron un respiro al agobiante calor y de allí, desayuno de por medio, emprendimos rumbo a las tierras de los palmares.
Tiempo loco, nubes, amenazas de inminente lluvia y las altas tasas hoteleras nos esperaban en una ciudad que lleva en sus venas un turismo pujante. Y allí directamente fuimos a parar a un hotel de mala muerte que Marcos llamó precario. “Un lujo” – repliqué yo ante el recuerdo de ciertos tugurios que viajes por Bolivia y Perú me llevaron a conocer gracias a la osadía de me querido hermano Walter.
y de allí nos aventuramos a buscar colonia Liebig, una ex ciudad frigorífica que guarda rarezas como el monumento en forma de lata de carne enlatada (valga la redundancia) y casa conservadas en el tiempo, al mejor estilo de los estados del sur norteamericanos de la época de la Guerra de Secesión.
Tan cerca, un pecado no escaparse a tierras uruguayas por el paso Colón –Paysandú. Paysandú, tierra natal de los Iracundos según rezan los carteles de la entrada a la ciudad. Allá rumbeamos para descubrir una ciudad pintoresca, de playas hermosas y autos antiguos por doquier; se respira el candombe en las calles.
Nos llamó la atención la legalidad uruguaya: “más de cinco metros marcha atrás es contramano” – nos gritó uno al paso. Para algunos un hábito molesto quizá, para mí un buen ejemplo a imitar que me llamó la atención.
Con otro día favorable climáticamente emprendimos regreso a Colón para desayunar en el parque Quiróz, a la sombra, con el viento refrescándonos dulcemente. Luego nos arrojamos una vez más al camino y nos adentramos en San José donde nos maravillamos conociendo el Molino Forclaz, uno de los primeros molinos hogareños de la zona. Dice la historia que Don Forclaz invirtió toda su fortuna y su palabra en crear un segundo molino, esta vez de viento - al estilo holandés – pero no tuvo en cuenta que la intensidad de los vientos en estos lares no sería tan favorable. Se llevó a la tumba sus sueños y su locura. Dejó como patrimonio histórico un molino de viento soñado y murió a sus 44 años, dicen, de tristeza.
Descubrimos un camping (Los médanos) a orillas del Uruguay: mezcla rara de mar y arboledas de Cariló. Y enamorados de aquel lugar hicimos nido usando dicho lugar como “centro de comando” para nuevas aventuras aledañas.

Por camino de ripio, 9 kilómetros adentro, emprendimos travesía hacia colonia Hoker en busca del Almacén de Don Leandro, ex almacén de ramos generales y actualmente proveeduría de deliciosos licores caseros, especias, escabeches y asados (los fines de semana). Licores ricos si los hay y con los nombres más insólitos como “Voltea
chinas”, “Silencia loros” (especial para suegras según me dijo Leandro) y “Revienta Gauchos”.
Para llegar a Hoker hay que atravesar el Camino de los colonos durante cuyo recorrido se van viendo en las tranqueras y frentes los escudos familiares de quienes siglos atrás emigraron a estos lares. Don Leandro nos contó que hace algunos años la intendencia de San José quería instalar un basural en la zona por lo cual, la hija de Leandro, conocedora de la historia de estos colonos franco-suizos, instó a los vecinos a colocar dichos escudos, pidió a la intendencia que se declare al Camino de los Colonos patrimonio cultural y que no se instale el basural mencionado. Y así sucedió. Heme aquí admirando la importancia de dicha iniciativa y más aún la belleza de la conexión con las raíces más profundas de la identidad de las personas.
Actualmente, cientos de personas semanalmente se adentran en los caminos de ripio peregrinando hacia este almacén de culto regional y envidia personal.
Un nuevo día nos llevó al parque nacional El Palmar, con la majestuosidad de aquellas centenarias palmeras Yatay que a unos pocos kilómetros, en Ubajay, tienen su propia fiesta provincial. Tan clara el agua, tan puro el aire, tan amplio el parque e incluso sus instalaciones, que siempre convidan a quedarse…
Llegaba la hora de emprender la vuelta… en un viaje de locos atravesamos la provincia de lado a lado para llegar a Paraná y caer casi rendidos a los pies del parque Urquiza para reponer fuerzas antes de seguir el viaje. Previo, una escala en Rosario del Tala para visitar alguna panadería local, porque no hay como la panificación entrerriana: un segundo de placer en tu boca, una eternidad en tus caderas, aunque, valió la pena.
Merecido premio un helado de la Bahillo en Paraná, que no se encuentra en Rosario y ahora sí, la vuelta al camino que lleva a la rutina… mientras íbamos dejando Paraná me invadió la nostalgia del viaje, de los amigos de antes, de la juventud pasada, de la vida servida con deliciosa felicidad, de las raíces… la gente bañándose en la costa, los gurises corriendo, mis ojos abrazando los últimos recuerdos y mi corazón recordando lo que se siente estar como en casa…